—No hay ninguna embarazada aquí.
Darina fingió dormir mientras su respiración entrecortada delataba la desesperación que la consumía. Sus músculos, tensos y rígidos, parecían temer ser descubiertos. Agradecía, en silencio, que su vientre aún no mostrara demasiado, y que el abrigo —tres tallas mayor que su cuerpo— lograra disimular lo inevitable.
Pero la angustia era insoportable; sabía que, si la descubrían, sería su final.
Los policías intercambiaron miradas cansadas y, finalmente, tras una lar