Cuando Alondra llegó a la mansión, el guardia abrió la puerta sin expresión alguna, casi como si todo fuera parte de una rutina diaria.
—La chica esa… Darina, acaba de irse.
El mundo de Alondra pareció desmoronarse ante sus ojos.
—¡¿Qué?! —exclamó, su voz quebrándose en un grito de desesperación.
Sus tacones resonaron en el mármol de los pasillos, cada paso retumbando en su cabeza mientras corría a través de la mansión.
La rabia la nublaba, transformando sus pensamientos en pura furia.
Nunca hab