Alondra llegó al hospital con el corazón latiéndole con fuerza, el aire helado de la noche clavándose en su piel como pequeños cuchillos.
Se acercó al área de recepción, insistente, exigente, con el rostro crispado por la frustración y los ojos enrojecidos por el cansancio y el odio contenido.
—¡Déjenme pasar! ¡Soy su esposa! ¡Tengo derecho a verlo! —gritaba, aferrándose al borde del mostrador mientras el guardia de seguridad trataba de disuadirla.
Pero no sirvió de nada.
Las puertas permanecier