—¿Sabes lo que voy a hacer ahora, Darina? —La voz de Alondra se volvió más grave, casi serpenteante—. Voy a destruirte. Prepárate para el infierno, porque te juro… te juro que vas a rogar por la muerte.
Darina, atada de manos, temblaba. Sentía que estaba atrapada en una pesadilla, una de esas en las que gritas y nadie escucha, en la que corres y el suelo se deshace bajo tus pies. Quiso hablar, defenderse, pero el miedo le cerraba la garganta como una soga invisible.
Uno de los hombres que estaba