—¡Elliot! —El grito desgarrador de Edilene partió el aire como un rayo en plena tormenta. Corrió hacia el pequeño cuerpo tendido sobre el asfalto, sus manos temblorosas apenas podían tocarlo por miedo a hacerle más daño.
—¡No, no, por favor no! —sollozaba, sus lágrimas empapaban su rostro mientras intentaba hablarle al niño, que permanecía inmóvil, con la carita manchada de sangre—. Mi amor, mi vida… ¡Respira, por favor, respira!
Un alarido aún más agudo la interrumpió.
—¡Mi nieto! ¡MI NIETO! —A