Hermes cerró la puerta con llave con una fuerza que retumbó en el pasillo vacío, como si quisiera encerrar para siempre el eco de su desesperación.
El sonido metálico de la cerradura girando se perdía en la penumbra, evocando la soledad de un alma rota.
Sostenía la llave como si fuese un objeto sagrado, mientras sus ojos, fijos en Verónica, reflejaban una mezcla de determinación y dolor profundo.
—No la abras, a menos que sea algo extremadamente importante —dijo Hermes en un susurro grave, casi