Darina estaba encerrada. El aire viciado raspaba su garganta, y la humedad impregnaba cada rincón de la habitación. La oscuridad era casi total, salvo por una rendija en la puerta, donde un haz de luz amarillento apenas alcanzaba a rozar el suelo.
Se abrazó el vientre abultado, buscando en la fragilidad de su cuerpo la fuerza que su mente le negaba. Sus piernas temblaban y las lágrimas caían en silencio, empapando su piel, ahogándola en la desesperanza.
—Mamá… —susurró, su voz apenas un eco en l