En el hospital
Alfonso abrió los ojos de golpe. Su pecho ardía, el dolor era punzante, como si un hierro candente lo atravesara… pero no le importó.
Su mente, desesperada, solo podía pensar en dos nombres: Anahí y Freddy.
—¡Anahí! —gritó, incorporándose de golpe.
Su voz rasgó el silencio de la habitación como una alarma.
Su madre, que estaba sentada en una esquina del cuarto, se levantó asustada.
—¡Hijo, por favor, tranquilízate! —suplicó, acercándose con ojos llenos de preocupación.
—¿Dónde est