Cuando Hermes llegó al departamento, lo primero que sintió fue un nudo en el estómago.
La puerta estaba abierta, y dentro, el silencio era apenas interrumpido por un sollozo entrecortado. Al dar unos pasos hacia la sala, lo vio.
Alfonso estaba tirado en el suelo, con la espalda recargada contra el mueble, los ojos vidriosos, el rostro desencajado. Sujetaba una botella de whisky como si fuera su único salvavidas. Lloraba con la desesperación de un niño herido, como si su mundo entero se hubiese h