—¡Estás demente! ¡Yo no tengo nada que ver con tus delirios, Rossyn Hang! ¡No te atrevas a acusarme de algo así! —vociferó Fátima, su rostro retorcido por la rabia y el miedo.
Sin esperar más, subió a su auto como una fiera herida y arrancó, dejando tras de sí el chirrido de las llantas y una nube de polvo.
Rossyn se quedó en silencio, el corazón latiendo con fuerza en su pecho. El eco de esas palabras no hizo más que avivar una sospecha que ya germinaba en su interior. Algo no encajaba... y Fát