Rossyn bajó la mirada.
Cada palabra de Alfredo le dolía como una espina clavada en el pecho. Sentía que cada reproche era justo, merecido. Pero no por eso dolía menos.
Entonces, de pronto, algo se encendió dentro de ella. Una idea, una esperanza, un rayo de luz en medio del abismo.
«Puedo reconquistarlo», pensó con el corazón agitado.
«Él es el mejor hombre del mundo. Si me convierto en una buena esposa… si me entrego por completo a su amor, si le demuestro cada día cuánto lo valoro… puedo hacer