Brisa lo sostuvo del brazo cuando llegaron al departamento.
Helmer apenas podía mantenerse en pie, con la mirada perdida y los hombros vencidos por el peso de una noche demasiado larga… y demasiado dolorosa.
—Dame la clave —le susurró ella con dulzura.
Él la murmuró, casi sin fuerzas. El “bip” de la cerradura sonó como una rendición. Ella lo llevó al interior, guiándolo con paciencia hasta la habitación, donde el silencio era tan denso como el aire entre ellos.
Lo ayudó a sentarse al borde de la