—Quiero que me des noventa días para reconquistar tu amor —dijo Félix con voz firme, pero cargada de una vulnerabilidad que no podía ocultar.
Ella lo miró incrédula, sus ojos enormes reflejaban sorpresa y una mezcla de desdén.
Luego, una risa ligera, casi burlona, escapó de sus labios.
—No me hagas reír —replicó, la ironía en su voz era un filo cortante—. Eso… eso está muerto, no lo puedes revivir.
Él avanzó hacia ella, cada paso medido, lento, como si el simple movimiento fuese un desafío a su