Lejos de allí, en los pasillos blancos y fríos del hospital, el eco de un llanto desgarrador se expandía como un susurro maldito.
Tessa estaba sentada en una de las sillas metálicas, con el rostro hundido entre sus manos.
Sus hombros temblaban y sus sollozos eran tan profundos que parecían venir desde un lugar roto en lo más hondo de su ser. El maquillaje corría por su rostro en líneas negras, como huellas de la desesperación.
En ese instante, apareció Oriana. Llevaba de la mano a la pequeña Mel