Las paredes de la habitación parecían cerrarse sobre ellos, como si el aire mismo se hiciera espeso y difícil de respirar.
El silencio era tan pesado que cada respiración de Horacio sonaba como un rugido sofocado. La luz de la lámpara oscilaba, proyectando sombras que parecían moverse solas, como si todo aquel lugar se convirtiera en un escenario de pesadilla.
—No sé de qué hablas —balbuceó Horacio, su voz temblorosa—. Nadie me ordenó nada… lo hice porque… porque soy un loco.
Sienna lo observaba