Al día siguiente, Sienna recibió la llamada de Gustavo.
Su voz, usualmente calmada, ahora tenía un matiz de súplica que le oprimió el corazón.
—Sienna… es mi cumpleaños —dijo él, intentando sonar despreocupado, pero la tensión se colaba en cada palabra—. ¿De verdad no vendrás a celebrarlo conmigo?
Sienna suspiró, sintiendo un nudo en la garganta.
—Feliz cumpleaños, Gustavo —respondió, con voz medida, intentando mantener la compostura—. Pero… sabes que ahora es difícil para mí.
—¡Por favor! —la