Alexis llegó corriendo, con el corazón, latiéndole a mil por hora, el sonido de sus pasos, resonando en el pasillo como un tambor que anunciaba el caos y la preocupación.
Orla, al verlo aproximarse, no dudó un segundo: se apartó de aquel hombre con determinación y se lanzó hacia su hermano con los brazos abiertos y los ojos brillantes por la mezcla de miedo y esperanza.
—¡Hermano! —gritó con voz entrecortada, sintiendo que el aire mismo se cargaba de tensión.
Alexis la sostuvo entre sus brazos,