Orla bajó del auto con una sonrisa radiante, como si todo en su mundo estuviera en calma, aunque en el fondo ardía una tormenta que nadie podía percibir.
Sus pasos eran firmes, calculados, y su mirada recorría la sala con una mezcla de serenidad y determinación.
Félix, al verla, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su corazón se aceleró, su respiración se volvió corta; deseaba correr hacia ella, abrazarla, confesarle todo lo que sentía, pero algo dentro de él le pidió cautela.
Se contuvo