Mientras tanto, Melody reía con esa coquetería fingida que tanto sabía usar como arma.
Estaba bebiendo con el señor Landeros, y cada sonrisa suya parecía una daga que atravesaba a Demetrio.
Él solo los miraba, inmóvil, pero por dentro hervía. Quería arrancar esa sonrisa de su rostro, quería gritarle que no jugara así, que dejara de torturarlo con su indiferencia.
Melody era un enigma cruel: con él, tan fría, tan distante; pero frente a otro hombre, parecía entregarse al juego del coqueteo con un