—Yo te amo, Melody, siempre lo he hecho —susurró Demetrio con una voz que parecía desgarrarse en cada palabra.
El corazón de Melody latió con tanta fuerza que sintió como si un golpe de hierro le partiera la cabeza en dos.
Una punzada violenta atravesó su mente, la respiración se le cortó y, jadeando, gritó:
—¡Necesito aire!
Sin pensar en nada más, caminó tambaleante hacia el balcón.
Su desnudez no le importaba, ni siquiera notaba el frío de la madrugada que se colaba por los ventanales.
Abrió l