30. Entre puertas cerradas y corazones abiertos
—Y luego me trajeron ese caballo, uno de esos que nadie se atrevía a tocar. Tenía cicatrices por todos lados y una mirada que prometía patearte hasta el alma —dice Badru, recargado con soltura en el marco de la puerta del balcón—. Tres días me tomó domarlo. Tres. Lo monté sin silla, sin riendas. Solo yo, él, y su furia.
Elara lo observa, divertida, con los brazos cruzados.
—¿Y también le susurraste cosas al oído hasta que te amara? —pregunta con tono burlón.
—No. Le gruñí. Más efectivo.
Jus