Las nuevas normas llegan como un decreto real, pero sin necesidad de decirlas, quedan impresas en el aire cada vez que compartimos espacjos. Todas las puertas de las oficinas deben permanecer abiertas cuando estamos juntos. No más encuentros uno a uno sin testigos. Y, lo más doloroso, mi nombre desaparece sistemáticamente de las listas de invitados a reuniones clave.
Andrea me analiza mientras tomamos café en la cocina, sus ojos escudriñando mi reacción.
—¿Qué diablos pasó entre ustedes dos