El vestido lila se me adhiere a las piernas como una segunda piel mientras Alberto me arrastra a la pista de baile. Sus manos son garras en mi cintura, demasiado altas, demasiado posesivas. La música es un latido constante que no logra ahogar el zumbido en mis oídos.
Por sobre el hombro de Alberto, veo el momento exacto en que Jesús reaparece con un trago en la barra.
Su silueta tensa como un arco a punto de disparar. La copa de whisky en su mano estalla sin previo aviso, cristales afilados