Mis dedos se detienen sobre el teclado. La pantalla frente a mí se vuelve borrosa mientras revivo por centésima vez esa sensación: el pulgar áspero de Jesús frotando mi labio inferior, quitando el brillo como si quisiera borrar cualquier rastro de Alberto. La memoria es tan vívida que siento el ardor otra vez, ese roce que fue más íntimo que cualquier beso.
—¿En qué mundo estás, preciosa?
Alberto aparece junto a mi escritorio, su mano posándose en mi hombro con una familiaridad que no le co