El pasillo de Recursos Humanos siempre me ha parecido más frío que el resto de la oficina. Las paredes blancas e impersonales absorben cualquier calor, cualquier sonido, convirtiendo cada paso en un eco solitario. Quizás es la ausencia de ventanas, esa claustrofóbica sensación de estar atrapada bajo luces fluorescentes que nunca parpadean. O quizás es el hecho de que cada vez que camino por aquí, sé que es porque algo está a punto de cambiar.
—Camila, justo la persona que quería ver —la voz d