Mi frente choca contra el escritorio con un golpe sordo. El sueño me arrastra hacia abajo como una marea negra, pero justo cuando estoy a punto de rendirme, una voz corta el aire como un látigo.
—¿En serio duermes en horario laboral?
Levanto la cabeza con un sobresalto. Jesús está frente a mí, su traje impecable, su corbata perfectamente anudada, sus ojos llenos de una furia helada que me hace encogerme.
—Lo siento, es que...
—No me interesan tus excusas —interrumpe, lo suficientemente a