El timbre del teléfono me arranca de un sueño pesado. La voz de mi madre, cálida y aliviada, resuena al otro lado de la línea.
—¡Gracias, mija! El dinero llegó justo a tiempo.
Me quedo paralizada, los dedos aferrados al teléfono.
—¿Qué dinero? —pregunto, aunque ya lo sé. Ya lo sospecho.
—La transferencia que mandaste anoche. —dice su voz dulce.
Cuelgo con promesas de visitarla pronto y me quedo sentada en la cama, la respiración entrecortada. Solo hay una persona que sabía la cantidad e