«MIA»
Le supliqué a Gabriel, con la voz cargada de un cansancio que me calaba hasta los huesos, que dejara las cosas como estaban respecto a la paternidad de mi bebé. Le insistí en que no tenía sentido torturarnos con conjeturas prematuras; lo mejor, lo más sensato, era esperar a que naciera para poder mirar sus rasgos faciales, para descubrir en sus ojos o en su sonrisa las señales que despejarían cualquier duda. Sin embargo, Gabriel aún se empeñaba en seguir rastreando la verdad, obsesionado