La frialdad en la voz de Antonio era una estocada directa, evidenciando el cinismo que siempre lo caracterizó. Aquel tono, teñido de una falsa cortesía, no hacía más que aumentar la tensión que vibraba en el ambiente.
—¿Qué quieres, Antonio? —mascullé, con el odio acumulado quemándome la garganta.
—¿Acaso un hombre no puede saludar? —respondió él, espetando con una amabilidad tan fingida que resultaba insultante.
—Si eres tú quien pregunta, la respuesta es no.
—¿Tan fría eres conmigo después de