—¿Segura de que te sientes mejor ahora, Mía? —pregunta Gabriel, su voz resonando con una mezcla de preocupación y un deseo que apenas logra contener. Siento sus labios cálidos repartiendo besos lentos, casi reverenciales, en la curva de mi cuello, haciéndome estremecer.
—Lo estoy, de verdad. Ya suéltame, o no llegaré a tiempo a la oficina —respondo, intentando sonar firme aunque mis piernas se sienten como gelatina. Me río por las cosquillas que me provocan sus caricias.
—Y pensar que antes… —s