—¡Por Dios, Gabriel tenía toda la razón! Debí quedarme en cama y no intentar venir a trabajar hoy —exclamo entre arcadas, mientras sujeto mi cabello con desesperación para evitar que se impregne de vómito. Mi cuerpo está sacudido por una náusea violenta que parece no tener fin.
Griselda, mi secretaria, está a mi lado sosteniendo un vaso de agua y mirándome con una expresión cargada de una preocupación casi maternal.
—Disculpe, señorita Mía, no es que quiera meterme en cosas ajenas o ser imperti