—Te convertirás en mi mujer y solo serás mía —susurra Gabriel entre besos, mientras me carga con una facilidad pasmosa y me lleva directo hacia la cama. Su voz, cargada de una posesividad que me eriza la piel, se funde con el calor que irradia su cuerpo.
Nuestra ropa desaparece con rapidez, abandonada sobre el suelo en un montón de tela olvidada, y la tensión que nos ha tenido al límite durante días se disipa, dando paso a una urgencia mucho más primitiva.
—Haré que no vuelvas a pensar en ningú