Mundo ficciónIniciar sesiónHarvey me despertó con un beso suave en la frente y un desayuno que, para mi sorpresa, no había sido preparado por mí. Café con leche espumosa, croissants tibios, y un pequeño ramo de margaritas blancas, mis favoritas.
—Hoy abrimos a las seis, ¿recuerdas? Tenemos todo el día para nosotros. Quiero mimarte un poco —dijo sonriendo. Había días así, donde parecía el hombre que siempre quise. Donde todo en él se sentía genuino: su voz tranquila, sus gestos atentos, su calidez… tan diferente del hombre que golpeaba mi autoestima con palabras frías o indiferencia. Era en esos días cuando más me confundía. —¿Y si vamos al parque? Hace mucho no salimos sin pensar en el bar —propuso mientras recogía las tazas del desayuno. Accedí. Dejé mi bolso preparado, con la prueba de embarazo en el fondo. Pensaba contarle hoy. Quizá era un buen momento. Si las cosas seguían así… tal vez, solo tal vez, aún había esperanza. Paseamos sin prisa, tomados de la mano, comimos helado (yo elegí chocolate y arequipe otra vez, aunque me dio un leve dolor de estómago) y él me escuchó hablar como hace tiempo no lo hacía. —Imagínalo, Tara. Tú y yo en la playa. Sin trabajo, sin cuentas, sin estrés. Solo tú y yo... y nuestro amor —dijo mientras me apartaba un mechón del rostro. Sonaba tan creíble. Por un momento me creí su reina. Me dejé envolver por su versión amable. Incluso me reí con él. Me permití imaginar cómo sería criar un hijo en un hogar donde él se mantuviera así… presente, cariñoso, centrado. Harvey parecía estar realmente comprometido. Me habló de ideas para mejorar el bar, contratar a alguien más para la barra, rediseñar el menú de aperitivos. —Y cuando todo esté más estable, podríamos viajar. Grecia, tal vez. Tú siempre hablas del mar Egeo —dijo con una sonrisa torcida, como si recordara cada palabra que alguna vez dije. —¿Grecia? —pregunté, sorprendida. —Sí. Tú y yo. En una isla pequeña, sin preocupaciones. Despertar sin despertador, desayunar frente al mar... Y tú sin estrés en los ojos. Me encantaría verte así. Sentí un nudo en la garganta. No solo por las palabras, sino por cómo me miraba. Parte de mí quería dejar de pensar. Solo dejarme llevar por el momento. Dejar de dudar. Ese era el Harvey que me enamoró. El que se tomaba el tiempo de escucharme, de hacerme reír, de prestarme atención. —Harvey... —¿Sí, mi amor? —Quiero contarte algo —empecé a decir, pero las palabras murieron antes de llegar a mis labios. —Después, ¿sí? Vamos llegando a tiempo y no quiero estar corriendo con todo. Quiero que tengamos una tarde tranquila. ¿Te parece? Asentí, tragándome las palabras, como tantas otras veces. Ya eran casi las 5:15 p.m. y el bar abría a las seis. Habíamos tenido un día lento, bonito… casi perfecto. Casi. Teníamos tiempo suficiente. Me sentía más tranquila. Casi feliz. Al llegar al bar, Harvey aparcó el coche y justo antes de bajarse me miró: —Amor… creo que olvidé el pendrive con los archivos del cierre. ¿Puedes ir por él? Está en la mesita junto al sofá, donde dejé las llaves esta mañana. Yo voy abriendo mientras tanto. —¿No puedes escribirle a alguien para que nos lo traiga? —No quiero molestar a nadie. Además, es rápido. Confío en ti. Lo dijo con una sonrisa amable. Demasiado amable. —Claro —respondí, sin pensarlo. Confiaba. Ya no tenía razones para sospechar. No después de un día tan… perfecto. Volví a casa en menos de quince minutos. El pendrive estaba donde él dijo. Nada raro. Al regresar, noté que las luces del bar estaban encendidas, pero el portón todavía a medio cerrar. Entré por la parte lateral, como hacíamos cuando aún no abríamos al público. Entonces los escuché. Risas suaves. Voces entrecortadas. Susurros. La puerta de la oficina estaba entreabierta. Me acerqué, sin entender. Allí estaba Harvey. Inclinado sobre Clara, una de las meseras. Su mano descansaba en su muslo, ella reía con los labios demasiado cerca de los suyos. Él le acariciaba el rostro con una intimidad que jamás habría imaginado ver. No conmigo. No hoy. Me quedé paralizada. El mundo se detuvo por un instante. Mi primera reacción fue quedarme quieta. No moverme. No pensar. Solo ver. El test positivo en mi bolso ardía ahora como una llama contra mi pecho.confie. Había estado a punto de creer. Quise hacerlo.Todo el día había sido una mentira. Una actuación ensayada. Y yo me la creí. Retrocedí en silencio y me encerré en el baño del bar. Me miré en el espejo, otra vez. Me limpié el rostro, otra vez. No iba a llorar. No allí. No frente a nadie. Respiré hondo. Cuando salí, ya había clientes entrando. Clara tomaba comandas con la misma sonrisa de siempre. Harvey, detrás de la barra, lucía impecable. Dueño de su mundo. Como si nada. Caminé directo a la caja y puse el pendrive donde debía ir, saludé a los empleados y me acomodé detrás del mostrador como si todo estuviera bien. —Listos para trabajar —dije, fingiendo una seguridad que ya no tenía. nadie notó nada. Nadie supo que esa noche, estaba a punto de decirle que estaba embarazada. Y que ya no sabía si quería que lo supiera. Al terminar mi turno, me quedé sola con harvey, cerrando la caja del día. Todos se habían ido.Harvey dijo que tenía que pasar por el banco temprano al día siguiente.que debiamos irnos ya. El bar quedó en silencio. Me quedé frente a la puerta, con las llaves en la mano. Las luces apagadas, el eco de los vasos recién lavados secándose sobre el escurridor. Apreté las llaves. Apagué la última luz, cerré la puerta, y nos fuimos a casa . Como siempre.






