Mundo ficciónIniciar sesiónMe desperté antes que Harvey. Tenía la cabeza pesada, el cuerpo tenso, el corazón alerta. No dormí bien.
Me quedé mirando el techo unos minutos. No sabía qué dolía más: si la mentira que presencié anoche o la verdad que aún no podía decir. En la ducha, el agua caliente no logró aflojar el nudo en mi pecho. Cuando salí, Harvey ya estaba en la puerta, sonriendo con demasiada amplitud para esa hora. —Buenos días, reina. Te ves radiante. Me forcé a sonreír. —Dormí poco. Él me besó la mejilla y fue hacia la cocina. —¿Huevos o avena? —No tengo hambre. Hubo un silencio breve. Luego preguntó, demasiado casual: —¿Qué tanto tardaste anoche en volver con el pendrive? —No mucho. Lo encontré rápido. —¿Entraste por la oficina o por el bar? —Por el bar. Como siempre. El silencio volvió, más pesado esta vez. Durante el día, Harvey estuvo inusualmente atento: abrazos por detrás, cumplidos, sonrisas dulces. Cada gesto demasiado ensayado, como si quisiera borrar algo que yo ya había visto. En la barra, a media tarde, me miró fijo. —¿Segura que todo está bien entre nosotros? —¿Por qué no lo estaría? —Te siento distante. Como si me escondieras algo. —¿Y no serás tú quien oculta? —dije, tragando saliva. Él sonrió tenso. —¿Qué podría ocultar? No contesté. No hacía falta. Yo cerré los ojos en silencio. Algo dentro de mí se quebró, y ya no había vuelta atrás. Los días siguientes se mezclaron entre rutina y vigilancia. Harvey hablaba como siempre, reía como siempre, pero yo ya no era la misma. Una noche lanzó una “idea”: —Un trío. Tú, yo… y otra mujer. Sería divertido, dicen que fortalece la relación. Me giré hacia la pared. —¿Ya pensaste en alguien? Él dudó apenas un segundo. —No. Solo fue una idea. No le creí. Clara seguía rondando en mi cabeza. En la cocina, el aroma a cebolla sofrita y orégano me envolvió apenas abrí la puerta. Allí estaba Mateo, nuestro nuevo chef. Lo habíamos contratado hacía apenas dos meses, pero ya se había ganado el respeto de todos: puntual, limpio, con un gusto exquisito para los sabores y un trato siempre amable. —Buenas tardes, Tara —me dijo con una sonrisa cálida mientras mezclaba algo en una sartén. —Hola, Mateo. ¿Cómo va todo? —Muy bien. Solo probando una idea nueva para el menú. ¿Quieres ser mi víctima? —¿Comer algo a esta hora? ¿Por qué no? Me sirvió un trozo de pan artesanal con una mezcla tibia de tomates caramelizados, queso feta y un toque de albahaca. —Mmm… Esto sabe a vacaciones —bromeé. Mateo rió. —Eso suena como el mejor elogio que me han dado. Me lo voy a tatuar. Me senté en una de las banquetas junto a la isla. Por primera vez en días, me sentí… tranquila. —¿Y tú cómo estás? —preguntó él con naturalidad—. Te he visto algo apagada últimamente. ¿Todo bien? Lo miré un segundo, sin saber si responder o fingir. —Solo cansancio —dije. Pero mi voz no sonó convincente, y él lo notó. —Tara, puedes decirme si necesitas algo. A veces solo hablar ayuda —dijo, mientras lavaba unos utensilios—. No quiero meterme donde no me llaman, pero… sabes que aquí puedes contar conmigo, ¿sí? Asentí, con un nudo en la garganta. Esa simple frase —“puedes contar conmigo”— me golpeó como algo desconocido. Algo que había olvidado sentir: apoyo. Cuidado sin condiciones. —Gracias, Mateo. De verdad. No sabes cuánto necesitaba escuchar eso. Él me miró en silencio, sin apurarme. No me hizo preguntas, no me interrumpió. Solo me dejó estar. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía que fingir. Y aunque no le conté nada en ese momento, su sola presencia me hizo sentir menos sola. Los días siguientes, empecé a buscar más excusas para estar en la cocina. Mateo tenía esa calma contagiosa, esa forma de estar presente sin invadir. No hablaba por hablar. Escuchaba sin juzgar. Y aunque al principio nuestras conversaciones eran banales —recetas, horarios, quejas del proveedor de quesos—, poco a poco, empecé a soltar palabras que no sabía que necesitaban salir. Una tarde, mientras él preparaba una salsa y yo lavaba unos vasos al fondo, le dije: —¿Puedo contarte algo… sin que lo repitas? Mateo se giró con suavidad, bajó la llama de la estufa y se acercó con el trapo aún en la mano. —Claro, Tara. Lo que me digas, se queda conmigo. Respiré hondo. Miré el vapor saliendo de la olla como si pudiera esconderme en él. —Estoy… cansada. Pero no del trabajo. Cansada de fingir. De tener que sonreír cuando no quiero, de tener que caminar sobre puntas de pie para no incomodar a alguien. A veces siento que estoy atrapada en una vida que no elegí del todo, y que cada día me pesa más.—No quiero que pienses que estoy siendo dramática. Solo necesitaba decirlo en voz alta. Él asintió despacio. —No es drama cuando lo que sientes es real. Y… no estás sola, Tara. No tienes que cargar todo tú sola. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejé caer. No ahí. —Gracias, Mateo. —Siempre —respondió, y volvió a su salsa como si no hubiera ocurrido nada extraordinario. Pero para mí, lo fue todo. Esa noche, mientras cenábamos en casa, Harvey me observó con más atención de la habitual. —¿pasa algo? —preguntó—. Estás… no se distinta. ¿Estás viendo a alguien? La pregunta me tomó por sorpresa. Solté la cuchara con un pequeño golpe involuntario. —¿Cómo dices?—No me mires así. Solo lo pregunto porque has estado… rara. Distante. Y no sé, te he visto mucho tiempo en la cocina con Mateo últimamente. ¿Pasa algo? Le sostuve la mirada. —¿Estás celoso? —No —respondió demasiado rápido—. Solo digo que hay límites. Y quiero saber si tengo que preocuparme. —No, Harvey. No tienes que preocuparte por nada —dije, bajando la mirada a mi plato—. Al menos no por eso. Él no insistió. Pero lo vi fruncir el ceño. Vi cómo apretaba la mandíbula. Cómo su mente empezaba a dar vueltas. Esa noche no me abrazó. Y por primera vez, no me importó.






