calma pactada

Las primeras semanas, Harvey salía dos veces por semana. Siempre a la misma hora. Volvía más callado que antes, con una serenidad extraña, casi ensayada. No hablaba de lo que “trabajaban” en terapia, pero tampoco parecía irritado. Era atento. Demasiado correcto.

—¿Te sirve? —preguntó Tara una noche, mientras él dejaba las llaves sobre la mesa.

—Sí —respondió—. Me ayuda a pensar.

Ella asintió, aunque algo en su interior no terminó de acomodarse. No era desconfianza. Era una intuición leve, como un ruido de fondo.

Pasaron los días. Luego las semanas.

Harvey nunca llegaba alterado. Nunca mencionaba emociones difíciles. Nunca parecía removido.

Y Tara sabía, aunque no fuera experta, que la terapia no era así. No al principio.

Una tarde, mientras doblaba ropa, él anunció:

—La próxima semana tengo sesión más larga. Quizá salga tarde.

Tara lo miró con calma. —¿Puedo ir contigo?

Harvey se quedó quieto un segundo de más.

—¿Cómo?

—Acompañarte —repitió—. No a la sesión. Solo… ir cont
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