Mundo ficciónIniciar sesión
—¿Por qué no puedo dejarlo ir? —me dije en mis adentros—. Me temo que no podré seguir así, pero no tengo el valor suficiente para ponerle fin.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas; la ira, la tristeza, la impotencia y el desespero se apoderaban de mí mientras permanecía acuclillada tras la puerta del baño. Toc, toc, toc... —¡Abre la puerta! Deja el drama, qué inmadura eres. Sabes que no solucionas nada con llorar. Quiero que salgas ahora, sin una sola lágrima, como si nada hubiera pasado. Vamos, linda... Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc. Él de nuevo. Está bien... limpié mis lágrimas, me acomodé el cabello, abrí la puerta y esbocé una sonrisa lista para la rutina de siempre. —Ya estoy lista para irnos —dije sonriente, tratando de no desmoronarme. —Lo ves, Tara, pórtate bien. Solo no me hagas enojar y todo estará bien. Sonríe siempre, enfócate en ser la chica perfecta, es todo lo que debes hacer. No me gusta saber que lloras o verte hacerlo; no sabes cuánto me rompe el alma ver esa cara tan hermosa derramar lágrimas... me hace sentir un monstruo. Pero a veces no entiendes, me dejas sin opciones y termino por explotar. Sabes que no es mi intención, pero tu actitud es muy molesta a veces. Trata de mejorar en eso —dijo Harvey, mi ahora esposo, mientras me daba un suave abrazo. —¿Quieres ir por un helado antes de llegar al trabajo? Vamos, reina. Pasamos por una heladería que quedaba de camino a nuestro empleo y, durante todo el trayecto, no podía dejar de pensar en lo cínico y narcisista que era. Algunas veces incluso llegaba a cuestionarme si ciertas cosas en serio eran mi culpa. A Harvey le encantaba que le pidiera disculpas al final de cualquier discusión, señalando que yo lo provocaba todo. A veces solo me apresuraba a pedir perdón para evitar hacer más grande el problema; pero por dentro mi molestia crecía cada vez más. ¿Por qué jamás podía reconocer sus errores y disculparse? A veces me molestaba tanto que la situación se volvía aún más tensa, sobre todo cuando sacaba a relucir cosas que también eran su culpa. Entonces yo quedaba como una persona rencorosa y vengativa. No sabía cómo lograr que me entendiera. ¿Realmente había cosas que no veía y estaban mal, o lo hacía con malicia? Harvey y yo habíamos abierto un bar recientemente con nuestros ahorros; todo nuestro esfuerzo físico y económico estaba ahí, sin contar un par de préstamos al banco. Ahora no nos quedaba otra opción más que hacer que funcionara. La ubicación era excelente, el lugar increíble, y en tan solo cuatro meses ya empezaba a ser reconocido, por lo que comenzábamos a salir a flote. Aun así, seguía siendo todo un reto llevar la economía: pagar empleados, impuestos, servicios y todo lo que implica iniciar un negocio. El lugar contaba con apenas cuatro empleados, excluyéndonos a Harvey y a mí. Éramos pocos para la cantidad de trabajo, así que debía ayudar en todo lo que podía, en distintas áreas, para respetar el tiempo de los trabajadores. Harvey se encargaba principalmente de la barra; teníamos dos personas en cocina para aperitivos y dos más atendiendo mesas. Yo colaboraba en lo que hiciera falta: si había muchos clientes y se necesitaba más atención en las mesas, lo hacía; si Harvey estaba muy atareado, lo apoyaba en lo que pudiera. Al final del día, o antes de abrir, me encargaba de las cuentas, a veces con ayuda de Harvey. Ya estábamos en busca de un nuevo empleado para la barra, con el fin de aliviar un poco la carga, aunque no había sido fácil encontrar a alguien con el conocimiento necesario. —Cariño, ¿puedes darme algo de zumo de limón y un poco de sal? Creo que me sentó mal tanto dulce. Aunque el de chocolate y arequipe sea mi favorito, creo que exageré un poco con el helado. —Últimamente te sientes mal de manera recurrente. ¿No deberías ir al médico? —dijo Harvey, frunciendo el ceño con cara curiosa y expectante. Reí de nervios. —Estoy bien. El trabajo últimamente ha sido muy desgastante y agotador. Estaré mejor en un rato —dije sonriendo. Él asintió con la cabeza en señal de aprobación. Aunque era cierto que tenía malestares frecuentes, prefería no pensar en ello. Temía que pudiera estar embarazada. Si bien los bebés me parecían adorables y me gustaría tener uno, sentía que no era el momento indicado y, a veces, que tampoco era “con la persona indicada”. ¿Acaso debería realizarme un test? Tomaba medidas preventivas, por lo cual las probabilidades eran muy bajas, pero nunca cero. Decidí aprovechar el momento en el que él salió por la cena a un restaurante cercano y fui a la farmacia por una prueba rápida de embarazo. No es probable, seguramente es el cansancio. La prueba es solo por simple descarte, aunque ya sé cuál será el resultado. Daré vuelta a la prueba; será negativa, y tal vez me tome un descanso en un par de días. —¡No puede ser! —una lágrima rodó por mi mejilla—. Positivo... ¿Qué voy a hacer con un bebé? No es el mejor momento. Tengo miedo de cómo pueda tomarlo Harvey, pues nunca hablamos sobre tener hijos. ¿Debería contárselo?...






