El peso de la verdad

Al día siguiente, todo estaba más tenso. No hubo palabras duras, ni miradas obvias, pero lo sentí.

Harvey había empezado a vigilar.

—¿Hoy también vas a “ayudar” en la cocina? —me preguntó con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Sí. Mateo está probando unas nuevas recetas y necesita a alguien que le dé feedback. Tú dijiste que querías renovar el menú, ¿no?

—Claro. Me encanta que estés tan comprometida. Solo… mantén los límites, ¿sí? No queremos que los empleados malinterpreten tu amabilidad.

“Tu amabilidad”. Como si fuera una invitación. Como si ser amable fuera peligroso.

No dije nada. Ya había aprendido que discutir con Harvey era como echar agua a una fogata: parecía apagarla, pero siempre quedaba una brasa encendida.

Esa tarde, Mateo me esperaba con su delantal manchado de tomate y una sonrisa sincera.

—Tengo dos versiones. Necesito un paladar honesto.

Reí.

—No sé si honesto, pero tengo hambre. Eso sí

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Qué hacías antes de cocinar aquí?

—Estaba en un restaurante en la costa. Demasiada presión, horarios infinitos… pero aprendí mucho. Y entendí que no quiero vivir corriendo. Quiero cocinar con gusto, con alma. Y dormir bien.

—¿Dormir bien? Eso suena lujoso.

Nos reímos, y durante un momento, olvidé todo lo demás. Solo estábamos ahí, dos personas conversando. Dos almas rotas, tal vez, buscando algo de calor.

—¿Otra noche difícil? —preguntó, sin juicio.

—Todas lo son últimamente.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—¿Puedo confiar en ti de verdad? —le pregunté, con la voz más baja de lo normal.

Él dejó la cuchara y me miró, directo, sin rodeos.

—Siempre.

Tragué saliva. Me costaba decirlo. Tenía miedo de que, al hacerlo, la realidad se volviera más real. Pero ya no podía seguir guardándolo todo.

—Estoy embarazada, Mateo.

Él no respondió enseguida. Solo bajó la mirada unos segundos, procesando.

—¿Desde hace cuánto lo sabes?

—Un par de semanas.

—¿Y Harvey…?

—No lo sabe. Y no estoy segura de querer que lo sepa.

Mateo asintió despacio, como si le doliera pero entendiera.

—Tara… eso es demasiado para cargar sola.

—No estoy sola. Estoy con alguien que me da miedo. Y con otro que, sin saberlo, me da paz.

Él no dijo nada. Solo volvió a lo suyo, y después de unos minutos me pasó un pequeño plato con una muestra de la preparación.

—Toma. Tienes que comer.

Y lo hice. Por primera vez en días, sentí que comía para mí, no para sobrevivir.

La noche había caído,Las luces tenues creaban sombras en las paredes, pero no podían ocultar la tormenta que se avecinaba.

—Eres tú quien lleva todo ese peso. No tienes por qué cargarlo sola.

Nos miramos. Fue un instante fugaz, pero intenso. Los ojos se encontraron y un impulso dulce y fuerte creció entre nosotros.

Estuvimos a punto de cruzar la línea. Un beso que prometía liberar, que amenazaba con romper las cadenas.

Pero algo en mí se detuvo.

—Mateo… —susurré, apartándome suavemente—. No puedo.

Él asintió, respetuoso, con esa ternura que no buscaba aprovecharse de mi vulnerabilidad.

—Está bien. Cuando estés lista, estaré aquí.

Y en ese momento, supe que no estaba sola. Que aún podía elegir.

Esa noche, cuando el bar ya estaba en silencio, Harvey entro  sin avisar.

Había olvidado supuestamente algo importante, pero en realidad, solo quería confirmar una sospecha.

Lo que encontró fue peor —o más real— de lo que imaginaba.

Desde la rendija entre el pasillo y la cocina, vio a Tara y Mateo sentados, muy cerca.

No se estaban besando, pero estuvieron a punto.

Y para Harvey, eso era suficiente.

La forma en que ella lo miraba.

La manera en que Mateo la cuidaba con los ojos.

Ese era el tipo de intimidad que él ya no tenía con Tara.

Entró en la cocina de golpe, haciendo que ambos se separaran bruscamente.

—¡¿Qué carajos es esto?! —gritó, con los ojos desorbitados.

Tara se puso de pie al instante.

—Harvey, no es lo que piensas.

—¿No? ¿Entonces qué es? ¿Ternura? ¿Confianza? ¿Eso que ya no me das a mí?

—Y tú —se volvió hacia Mateo—, ¿quién te crees que eres? ¿Vienes a mi bar, a meterte con mi esposa?

Mateo no retrocedió.

—No te confundas, Harvey. Tara no es tu posesión.

-Quiero que te largues ahora mismo de mi negocio, estás despedido -dijo amenazante sin despegar la mirada de mateo.

-No hace falta, renunció - Mateo se quito el delantal y lo dejo sobre la mesa, poso su mirada suave y triste sobre Tara  -cuidate ,¿Si? Hasta pronto.salió sin decir una palabra más.Harvey lo siguió con la mirada hasta que la puerta del bar se cerró. Luego giró hacia Tara.

—Tara —dijo, sosteniendo algo en la mano—. ¿Qué es esto?

Me quedé paralizada al verlo: la prueba de embarazo que había olvidado en un cajón. La prueba con la línea que había dado positivo semanas atrás.

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo... cómo conseguiste eso? —pregunté, tratando de mantener la calma.

—Eso no importa. Lo que importa es que sé la verdad. Estás embarazada. Y no soy yo el padre, ¿verdad? —su voz bajó, pero cada palabra cortaba como un filo—. ¿Es Mateo? ¿Cuánto ha pasado entre ustedes?

El peso de sus palabras me aplastó.

—No estoy embarazada —respondí, con voz temblorosa—. Esa prueba no es mía. Es de mi mejor amiga.

Harvey me miró con una mezcla de incredulidad y enojo.

—¿Esperas que crea esa mentira? Todo está distinto, Tara. Lo sé. Lo veo. No eres la misma. Y ahora... ahora sé que hay algo que me estás ocultando.

—¡Basta, Harvey! —exploté, el cansancio y la rabia mezclados—. No tienes derecho a espiar mi vida ni a acusarme sin pruebas. Si crees que he fallado, dilo, pero no te bases en suposiciones ni en chantajes emocionales.

El silencio llenó la cocina. Él me miraba fijamente, como intentando encontrar una grieta en mi defensa.

—No quiero perderte —dijo al final, casi en un susurro—. Pero no sé cómo seguir si no puedo confiar en ti.

No respondí. Porque no sabía qué decir.

Ella asintió, sin poder hablar, con el corazón hecho un nudo.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de perder?

—¿Y tú? —le contestó sin dudar—. ¿Te das cuenta de lo que ya perdiste hace tiempo?

Mateo se había ido. Pero le había dejado un espejo. Uno donde Tara podía ver quién era... y quién podía llegar a ser, si salía de esa prisión emocional.

Harvey, por su parte, creyó haber ganado. Había expulsado a su “rival”. Pero no sabía que, en el proceso, perdió el poco amor que aún quedaba.

Tara dio un paso más cerca, sin levantar la voz.

—Vi lo que pasó aquella tarde, Harvey. Cuando me pediste ir por el pendrive. Vi cómo la tocabas.

Vi cómo ella te miraba. No necesito detalles. No me interesa saber hasta dónde llegaron.

Harvey cerró los ojos un instante, como si le costara sostener el momento.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP