Mundo ficciónIniciar sesión—Está bien —dijo, con voz ronca—. Sí, pasó algo ese día.
No dormimos juntos. No pasó eso. Pero... hubo besos. Abrazos. Miradas. No fue algo planeado. Solo... seguí la corriente. Me dejé llevar. Tara lo miró, inexpresiva. —Eso no te hace menos culpable. Lo que duele no es lo físico. Es lo que elegiste traicionar. Harvey se acercó, con desesperación mal contenida. —Tara, yo estaba confundido. Me sentía rechazado. Tú estabas distante... Yo solo quería sentirme importante otra vez. Clara me admiraba. Me hacía sentir... visto. —¿Y qué soy yo? ¿Un espejo que dejaste de mirar? Harvey tragó saliva. —Sé que la cagué. Sé que no merezco tu perdón. Pero aún así... lo pido. Lo que pasó no significa que no te ame. Fue un error. Solo uno. Te lo juro. Tara lo miró por unos segundos eternos. Finalmente habló, sin rastro de temblor. —No sé si algún día pueda perdonarte. Y lo más triste es que... creo que ya no me duele lo suficiente como para odiarte. Se dio media vuelta y volvió a su trabajo, dejándolo ahí, solo con su culpa. -Sabes -empezó-. Tal vez no te he estado dando lo que necesitas. Tal vez por eso estás... tan cerca de otras personas últimamente. -Harvey, no es eso. -No me interrumpas, por favor. Solo escúchame. Su tono era suave, casi dolido. -Me esfuerzo todos los días por darte estabilidad, por mantener esto funcionando. El bar, la casa, nuestra vida. No ha sido fácil. Y verte tan distante me hace sentir... reemplazable. ¿Eso es lo que quieres? No sabía si consolarlo o protegerme. -Harvey, no se trata de reemplazar a nadie. Estoy agotada. Me siento sola incluso cuando estás conmigo. -Entonces dímelo. No te encierres en otros. Dímelo a mí. Yo soy tu esposo. El que siempre ha estado. El que lo da todo por ti. ¿No merezco al menos eso? Su voz temblaba. Su gesto era el de un hombre roto. Y por un momento, casi sentí culpa. Pero esa emoción murió rápido. Porque la verdad era más cruel: él no estaba roto, solo estaba perdiendo el control. -Estoy cuidando lo nuestro, Tara. No quiero que alguien arruine lo que hemos construido por un capricho emocional tuyo. -¿Un capricho? ¿Crees que hablar con alguien que me trata con respeto es un capricho? -¿Puedo preguntarte algo... sincero? Tara levantó la mirada. -Depende. -¿Tú sentiste algo por Mateo? Ella lo observó en silencio. -¿Y si lo hice? Harvey apretó la mandíbula. -Quiero la verdad. La merezco. -¿La mereces? -repitió ella, con ironía suave-. ¿Después de Clara? ¿Después de años ignorando lo que yo sentía? Harvey tragó saliva. -No es lo mismo. -No -asintió Tara-. No es lo mismo. Porque Mateo nunca me pidió que fingiera una vida perfecta. Nunca me manipuló emocionalmente para sentirme culpable por tener dudas. Nunca me hizo sentir invisible. Harvey bajó la cabeza. Se notaba afectado, pero no interrumpió. -¿Pasó algo entre ustedes? -insistió. Tara lo miró con calma. -No. Pero no porque no pudiera pasar. Sino porque decidí no hacerlo. Porque aún tenía una mínima esperanza de que tú... despertaras. Un silencio largo se instaló. -Y ahora... ¿hay esperanza? -preguntó él, casi en un susurro. Tara no respondió de inmediato. Luego dijo: -Eso no depende de cuánto te esfuerces, Harvey. Depende de si yo todavía quiero que seas tú. Nos miramos. Nadie dijo más. Y por primera vez, vi miedo en sus ojos. Pero no miedo de perderme. Miedo de no controlarme. Aquella conversación en la que Tara le dijo, sin lágrimas, que ya no le dolía como antes, algo cambió en Harvey. O más bien, algo se activó. Llegaba más temprano. Cocinaba el desayuno. Limpiaba sin quejarse. La observaba como si quisiera leerle la mente. Y en el bar, las cosas no eran distintas. Harvey se mostraba más amable, más sonriente, incluso con los clientes. Pero sobre todo, con Tara. Clara, por otro lado, empezó a recibir miradas frías, instrucciones cortas, distancia marcada. Hasta que un día, sin previo aviso, Harvey se acercó a ella con una carta de despido en mano. -No es nada personal. Solo necesitamos reorganizar el equipo -dijo. Clara quiso protestar, pero entendió que había perdido su lugar... y su juego. Demasiado atento. Demasiado correcto. Pronto entendí que no era amor renovado, sino vigilancia disfrazada. Una tarde, mientras limpiaba las mesas del bar, sentí una mirada. No era la de Harvey. Al girar, encontré a Mateo en la puerta, observándome en silencio. Solo levantó la mano en un saludo breve. Y yo, casi sin querer, respondí. Harvey salió del almacén justo en ese instante. Su sonrisa se mantuvo, pero sus ojos se oscurecieron. -¿Quién era? -preguntó, como si no lo supiera. -Un cliente -respondí rápido -mateo ya había desaparecido. No replicó. No necesitaba hacerlo. Esa noche en casa, La paranoia se instaló. Y la madrugada me trajo la confirmación: el clic metálico de una cerradura. Abrí los ojos y lo vi. Harvey estaba de pie, junto a la puerta del cuarto, con las llaves en la mano. -¿Qué haces? -pregunté, con la voz temblorosa. -Asegurando que nadie entre -respondió, con calma helada. Hizo una pausa y añadió-: Ni salga. Empezó a caminar como un animal enjaulado, repitiendo una y otra vez que nadie iba a quitárselo todo. Pero lo decía como si yo fuera la amenaza. -Harvey, necesito aire -le pedí. -El aire está lleno de gente que quiere envenenarte contra mí. Aquí estás segura. Conmigo estás segura. -Harvey, basta. Estás imaginando cosas. Él se volvió hacia mí, los ojos brillando de rabia y miedo mezclados. -¿Y Mateo? ¿También es imaginación mía? El silencio fue mi única respuesta. Y ese silencio lo quebró. De un manotazo, golpeó la mesa contra la pared. El jarrón que estaba encima cayó y se hizo trizas a mis pies descalzos. Retrocedí instintivamente, tropezando con los restos y caí, un resbalón, un giro brusco, y mi cabeza golpeó contra el borde de la estantería. Todo se volvió rojo y borroso. El calor espeso de la sangre me bajaba por la sien, y el mundo parecía alejarse en un zumbido. -¡Tara! -la voz de Harvey me llegó como un eco lejano, quebrada por el terror. Me sostuvo en sus brazos, temblando, con la camisa empapándose de mi sangre. Sus manos buscaban torpemente detener la herida, pero solo lograban mancharse más. -Perdóname, por favor, perdóname... Entre sollozos desesperados, me alzó como pudo y me llevó hasta el auto. Yo apenas sentía el movimiento, pero alcanzaba a escuchar su respiración entrecortada y los golpes de su corazón contra mi oído. La última imagen antes de desmayarme fue la de sus manos manchadas de rojo, aferradas al volante, conduciendo como un poseso hacia el hospital. Un rato despues en la sala de espera,el médico se le acercó. -Su esposa está fuera de peligro. La herida y el golpe fue algo aparatoso, pero no compromete su vida. Tiene amnesia postraumática parcial, es temporal. Un par de días de reposo será suficiente, en unos días sus recuerdos volverán. Harvey asintió, temblando de alivio. Pero el médico añadió algo más: -El bebé también está bien. El mundo se detuvo. -¿El... bebé? -Sí, señor. Su esposa tiene unas ocho semanas de embarazo. El estómago se le revolvió. La sangre le subió a la cabeza. El bebé. ¿Mateo? Sin pensar, salió corriendo del hospital.Golpeó la puerta del apartamento con los nudillos ensangrentados. Cuando Mateo abrió, recibió un puñetazo que lo tiró contra la pared. -¡Maldito! -rugió Harvey-. ¿Creíste que podías robarme todo lo que tenia? ¿Sembrar un hijo en mi casa? Mateo intentó cubrirse, devolvió un golpe seco que hizo a Harvey caer de rodillas. -¡Nunca toqué a Tara! -gritó-. ¡Ni siquiera un beso! Harvey jadeaba, con la boca ensangrentada. Mateo lo miró directo a los ojos. -Y escucha bien: si ese bebé fuera mío, me la habría llevado lejos de ti. Y aunque sabía que podía darle todo ella decidió quedarse. Porque, con todo lo que eres, aún te ama. Las palabras atravesaron a Harvey más que cualquier golpe. Sus puños se aflojaron. El monstruo dentro de él se quedó sin fuerza. Mateo se limpió la sangre del labio. -Ese hijo es tuyo, Harvey. Y si la pierdes, será porque nunca supiste cuidarla. Harvey bajó la cabeza. Por primera vez, no sintió rabia. Sintió vergüenza. -Ya no hay nada más que hablar, Harvey. El resto depende de ti. Harvey quiso responder, buscar otra pelea, pero las palabras se le atoraron en la garganta. La rabia ya no encontraba salida, solo quedaba el vacío. Mateo dio un paso atrás, sujetó la puerta y, sin mirarlo de nuevo, la cerró de golpe frente a su rostro. El golpe seco de la madera resonó más fuerte que cualquier insulto. Harvey quedó solo en el pasillo, con los nudillos ensangrentados, el pecho ardiendo y un silencio que pesaba más que todo lo dicho.






