El reloj de pared de la oficina de obra marcaba las tres de la tarde, pero para mí el tiempo se había detenido en un bucle infinito de diagramas de carga y coeficientes de fricción. Tenía el suelo cubierto de planos, carpetas y hojas de cálculo impresas; parecía que un huracán de papel hubiera pasado por allí, y yo estaba en el centro, sentada con las piernas cruzadas sobre el cemento, intentando encontrar el error en mi propia lógica.
Porque, muy a mi pesar, Cole tenía razón en un punto técnic