Llegué al apartamento sintiendo que mis pies pesaban una tonelada. El olor a serrín y café rancio de la oficina de obra parecía habérseme pegado a la piel, pero el peso real era el que llevaba en la cabeza. Tiré las llaves sobre la mesa de la entrada y me dejé caer en el sofá, cerrando los ojos.
—Vaya cara traes —dijo Chloe, apareciendo desde la cocina con una copa de vino y un pincel manchado de azul tras la oreja—. ¿La Gárgola te ha hecho trabajar hasta que se te han secado las retinas o es q