Ver a Casey Donovan desde la entrada de su oficina de obra fue como observar una zona de desastre que, por alguna razón irracional, me resultaba hermosa. Estaba en el suelo, rodeada de planos como si fueran los escombros de una batalla que ella misma había provocado. Tenía el cabello deshecho y esa mirada de obsesión que solo aparece cuando está intentando ganarle una discusión a la física.
Pero mi pulso no se aceleró por la arquitectura. Se aceleró por la rabia.
Haber metido a Cole Mathus en e