El estudio de Marcos estaba en silencio cuando Victoria golpeó suavemente la puerta y entró sin esperar permiso. Llevaba un vestido azul marino, el cabello recogido con pulcritud y una expresión que, aunque amable, escondía una firmeza inquebrantable.
—¿Tienes un minuto? —preguntó con voz suave, casi maternal.
Marcos asintió desde su escritorio. Había estado revisando unos informes, pero en cuanto la vio entrar, supo que no venía por trabajo. Lo dejó todo a un lado y se recostó en la silla, sin