Isabella volvió a entrar a la oficina de Marcos con una sonrisa que no pudo ocultar. Su paso era ligero, casi danzante, y en sus ojos brillaba una mezcla de alegría y ternura. Se notaba que algo le había dado una pequeña dosis de felicidad, a pesar de la tensión del día.
Marcos, en cambio, apenas alzó la vista de su computadora. Solo necesitó verla para que un gesto amargo se dibujara en su rostro. Frunció los labios, dejó el bolígrafo sobre la mesa con firmeza y cruzó los brazos, viéndola con