La noche había caído sin clemencia sobre la ciudad, con su manto oscuro envolviendo cada rincón como si intentara apagar las inquietudes que algunos llevaban a cuestas. Pero en lo alto de la colina, donde se alzaba la majestuosa mansión D’Alessio, las luces seguían encendidas, brillando con esa elegancia sobria que solo el poder sabe vestir.
Marcos descendió de su auto sin decir palabra. El chofer, que solía recibir instrucciones precisas, notó la expresión ausente de su jefe y prefirió no preg