La puerta se abrió despacio.
No hubo palabras. Ni necesidad de ellas.
Solo el leve rechinar de la bisagra y el sonido sutil del aire cuando Isabella cruzó el umbral… y el mundo de Marcos D’Alessio dejó de girar por un segundo.
El rojo.
Ese rojo.
El encaje ajustado, suave, pecaminosamente delicado, cayendo sobre sus curvas con la exactitud de una caricia invisible. Los tirantes finos dejaban ver sus hombros tersos, el escote profundo contrastaba con la naturalidad con la que caminaba, sin necesi