La luz cálida de la lámpara del salón envolvía la suite en un resplandor suave. El silencio se había instalado entre ellos con la misma naturalidad con la que Isabella, ya más tranquila, se recostaba nuevamente en el sofá. Aún tenía los ojos algo hinchados por la reacción alérgica, pero la pastilla comenzaba a hacer efecto.
Marcos se acercó en silencio. Se agachó frente a ella con la misma precisión con la que solía leer contratos complicados. Con cuidado, tomó el vaso vacío de entre sus manos.