Pasada la medianoche, cuando la habitación ya estaba en penumbra y el silencio era tan profundo que podía sentirse en la piel, Isabella comenzó a revolverse ligeramente entre las sábanas. Una picazón insistente en la garganta y una leve congestión nasal empezaron a incomodarla.
Primero intentó ignorarlo. Se giró de lado, se acomodó la almohada… pero el escozor en la nariz y la presión en el pecho comenzaron a empeorar.
Se sentó en la cama, respirando con dificultad. Sentía la garganta reseca, u