El auto se deslizó en silencio por las calles mientras la noche caía definitivamente sobre la ciudad. En el interior, la atmósfera era distinta a la del mediodía. Más tranquila. Más densa.
Isabella iba recostada ligeramente contra la ventana, con la mirada perdida entre las luces que parpadeaban en el vidrio. No había vuelto a hablar desde que salieron del mirador. No por incomodidad, sino por esa clase de paz que se instala cuando las palabras sobran.
Marcos la miró de reojo. Le gustaba verla