La ciudad de Milán se vestía de luz esa mañana. El sol, alto pero ya más amable, proyectaba sombras elegantes entre los edificios, y la brisa tibia acariciaba las calles con ese aire europeo que hacía que incluso lo cotidiano pareciera sofisticado.
En la suite del hotel, Isabella terminaba de abrocharse una blusa de lino claro frente al espejo mientras acomodaba el cuello con una precisión que parecía más nerviosa que estética. Detrás de ella, la habitación aún conservaba el eco del desayuno si