El reloj marcaba las 3:42 p. m. y la oficina de Marcos estaba en completo silencio, salvo por el golpeteo suave de los dedos de Isabella sobre el teclado. Estaba sentada frente a él, en una mesa auxiliar, revisando nuevamente el contrato de importación con Zurich. Marcos, al otro lado del escritorio, hojeaba unos documentos, pero su mirada no había vuelto a fijarse en el papel desde hacía al menos diez minutos.
La luz de la tarde entraba tamizada por las cortinas. El ambiente era tenso, pero tr